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Un amigo me preguntó recientemente qué había pasado con el programa de Counter-Currents que tenía planeado hacer para Voice of Reason Network. La respuesta corta es que yo no era especialmente adecuado para ello, así que cambié de opinión. Sí, hay mucha gente interesante a la que entrevistar. Sí, había muchas preguntas interesantes que quería hacerles. Pero, cuando me senté a hacerlo en serio, me di cuenta de que no era mi fuerte. Dado que se sirve mejor a la causa haciendo algo bien que haciendo algo mal, decidí limitarme a escribir y editar.
No debería hacer falta decir que se sirve mejor a cualquier causa haciendo algo bien que haciéndolo mal. Pero es necesario decirlo porque, en mis diez años de observación y participación en la escena Nacionalista Blanca, he visto más que suficientes actos pobremente planeados y ejecutados, manifestaciones chapuceras, vídeos ineficaces, websites feos y redacción mala, todo lo cual hace más daño que bien a la causa. Es algo que nos hace retroceder, en vez de avanzar.
De hecho, es mejor no hacer nada por la causa que hacer algo que la perjudique.
Si se les pide que expliquen estas fechorías, la mayoría de los bienintencionados perpetradores seguramente dirán que sentían que tenían que “hacer algo”. Estaban más que hartos, y no querían seguir soportándolo. Obviamente, nunca pasaría nada si la gente no “hiciera algo”. Pero “algo” puede ser “cualquier cosa”. Y no queremos hacer cualquier cosa. Queremos favorecer nuestra causa. Queremos una tierra Blanca. Así pues, el primer principio del activismo responsable no debería ser “haz algo”. En su lugar, uno debe tomar nota de la ética médica y seguir el principio de “primero, no hagas daño”. (Daño a la causa, claro.)

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¿Por qué, entonces, los activistas “hacen daño”?
Existen muchas formas en que las cosas pueden salir mal sin tener la culpa. Los sitios web pueden ser hackeados, el software puede tener fallos, las impresoras pueden estropear un trabajo, una manifestación puede ser suspendida por la climatología, etc. Tengas responsabilidad o no, la causa ha sufrido un revés. En casos así, lo mejor es no darle vueltas, sino aprender lo que se pueda aprender y volver al ruedo.
Otros “hacen daño” simplemente por falta de previsión, conocimientos, experiencia o gusto. No hay nada malo en estas características como tales. Son rasgos universales de la juventud, y la juventud suele traer consigo muchas virtudes compensatorias. Se convierten en un problema sólo si los individuos no son conscientes de sus insuficiencias, o si no están dispuestos a corregirlas, o si carecen de la orientación adecuada de mentores más maduros y experimentados.
Hay muy pocos mentores en el movimiento hoy en día. (Sin contar las personas que dan ejemplo de lo que no se debe hacer.) Esto supone una carga pesada para aquéllos que están dispuestos y son capaces de proporcionar orientación.
Pero el principio de “primero, no hagas daño” se aplica a los mentores también. Como mínimo, un aspirante a mentor ha de ser sincero con quienes acuden a él en busca de consejo. Las palabras de ánimo multiuso no hacen ningún bien si alguien está a punto de embarcarse en un proyecto que le dará mala imagen a él y a la causa.
Es especialmente imprudente si uno utiliza su propio nombre para respaldar productos y acciones perjudiciales, ya que merma su propia credibilidad, que es un bien muy preciado. Dado que el Sistema trabaja horas extra para “desacreditar” a los principales Nacionalistas Blancos, resulta una locura ayudarle en su labor.
Yo no he sido especialmente bueno como mentor, pero me esfuerzo por mejorar. Es fácil orientar a alguien maduro, seguro de sí mismo y emocionalmente sano. Pero tales personas necesitan muy poca ayuda. Los casos difíciles son las personas inmaduras, inseguras y neuróticas. Desgraciadamente, nuestra causa está llena de gente talentosa con esas características. Y, en esos casos, no he hecho todo lo que he podido.
En última instancia, la raíz es el miedo: es peligroso codearse con una persona que puede ser algo más que un poco neurótica, y, si tiene problemas mentales serios, entonces el principio de “no hacer daño” (a la causa y a uno mismo) significa que uno no debe animarle ―ni desanimarle―, sino simplemente guardar silencio y salir lentamente de la habitación. Por mi amarga experiencia con chiflados, me temo que prefiero pecar de precavido.
Esto nos lleva a una de las principales razones por las que los Nacionalistas Blancos “hacen daño”: los trastornos de personalidad como el narcisismo y las enfermedades mentales como la depresión y el trastorno bipolar están sobrerrepresentados en nuestras filas. Aprende cuáles son sus indicios.
Quisiera tratar estos problemas con más detalle en el futuro. Pero, por ahora, quisiera señalar que, aunque el Nacionalismo Blanco es anti-igualitarista y elitista en teoría, en la práctica los Nacionalistas Blancos tienden a consentir e incluso promover a gente mental y físicamente malograda y enferma.
Parte de esta tendencia está basada en “virtudes” cristianas, como la compasión por el débil, el inválido, el ciego o el dualismo alma-cuerpo que nos permite creer que hay almas nobles que pueden esconderse tras máscaras de Halloween de rabia, perturbación y locura. Pero los no cristianos también caen en las mismas trampas.
Por regla general, los Nacionalistas Blancos estamos tan alienados y tan desesperados por encontrar gente con talento que estamos ciegos ante defectos evidentes, o hacemos la vista gorda.
Pero, al hacerlo, confesamos tácitamente que en realidad no nos tomamos todo esto tan en serio. No buscamos realmente personas que puedan convertirse en soldados políticos en una lucha mundial histórica. Buscamos público, cajas de resonancia, cámaras de eco, compañeros de copas, compañía de restaurante, amigos por correspondencia, amigos telefónicos, círculos de costura racialistas y hermanas de sororidad, y cosas por el estilo.

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Cuando nos rodeamos de chiflados ―o incluso de simples aficionados ineficaces y bienintencionados― estamos confesando que realmente no creemos que podamos ganar, que ninguno de nosotros “morirá luchando”, sino que estamos decididos y determinados a “morir quejándonos”, quejándonos de lo mismo de lo que llevamos quejándonos 40 o 50 años.
Los activistas serios no se asocian con locos, ni siquiera con locos que se enfocan en “hacer algo”.
Hay numerosos defectos de carácter que mantienen a los Nacionalistas Blancos en silencio y al margen, pero negarse a seguir a locos evidentes no es uno de ellos. Ésa es una buena razón para no involucrarse, entre otras muchas.
Quiero aclarar que no estoy afirmando que ciertas variedades de Nacionalismo Blanco “hagan daño” por su propia naturaleza. No soy, por ejemplo, uno de esos conservadores burgueses racialmente entendidos que achacan los fracasos del Nacionalismo Blanco en sus círculos a la mera existencia del Ku Klux Klan y de los neonazis, como si los grupos más normales fueran a empezar mágicamente a recibir buena prensa si los “payasos disfrazados” simplemente desaparecieran, como si los compañeros Nacionalistas Blancos fueran un enemigo mayor que el Sistema y sus portavoces mediáticos.
Cualquier vestimenta puede ser de payaso si lo lleva un tonto, incluso si es chaqueta y corbata. Y todo tipo de grupo puede hacer contribuciones positivas a nuestra causa ―desde los vanguardistas más radicales hasta los normalitos más acomodaticios―, siempre que elijan objetivos realistas y medios racionales, y luego hagan algo positivo.
Por supuesto, el principio último del activismo no es “evitar hacer daño”, sino “hacer bien”. Sin embargo, un bien lejano es a menudo más difícil de determinar que un daño inmediato, y el movimiento Nacionalista Blanco aún está dando pasos de bebé. Por lo que, para nosotros ahora, la manera más fiable de perseguir ese bien último es primero no hacer daño.

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